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Nuestro destino

Claudia García

"...en vez de sentir los presagios, ahora los creaba, era los presagios."
Paul Bowles

Decir que a Ágata la marcó para toda la vida haber nacido en una casa con biblioteca no es exageración. No todo el mundo tiene reservado un espacio para sus libros. Hay quienes ni siquiera leen y otros que piden prestada la novela de moda (normalmente un bestseller) en la biblioteca del barrio o a sus amigos para tratar de mantenerse al día y tener algo que decir en la tertulia, a la salida del cine. Su madre solía decir que entre sus amigos había quienes compraban a cuotas una enciclopedia de varios tomos para ponerla en el mueble de la sala, justo arriba del televisor y, así, mataban dos pájaros de un tiro: los hijos en edad escolar podían consultarla y los conocidos notaban su preocupación por la cultura. Pero hasta ésta era ya una práctica del pasado porque con la llegada del Internet ¿quién gasta en comprar una enciclopedia si puede consultar gratis el Wikipedia? Claro que siempre están aquellos, cada vez son menos, eso sí, que con gusto dedican tiempo a la lectura y acumulan en sus estantes todos los libros que han leído desde que eran niños, desde Corazón hasta el último de Umberto Ecco.

Pero en la casa de Ágata hay una habitación dedicada a biblioteca. Aquí aún la computadora y el Internet no han logrado desplazar a los libros. Allí, las estanterías cubren las paredes hasta el techo, y en ellas, los libros se ordenaban por temas. En un fichero, colocado sobre el escritorio del abuelo, innumerables tarjetas de cartulina dan cuenta de cuáles son los libros que la familia posee, en que estante están ubicados y de que edición se trata. Y, en un recuadro de lápiz rojo, hay un comentario escrito por la abuela. A veces se trata de sus ideas ("este libro me gustó", o bien, "tiene un estilo rebuscado, voy a tener que releerlo"), otras, simplemente, contiene una recomendación ("no es adecuado para que lo lea Varguitas" o, por el contrario, "Varguitas debería tomar en cuenta este tipo de lectura, tiene que ampliar sus horizontes"). Cuando Ágata comenzó a interesarse por la biblioteca, los abuelos hacía tiempo que estaban muertos y Varguitas, la oveja negra de la familia, no vivía ya en la casa.

Varguitas era el tío de Ágata, el hermano de su madre, aquel que luego de una pelea con el abuelo se había ido a recorrer el mundo, sin agregar nunca la dirección a aquellas postales que, regularmente, llegaban a la casa de la familia con un mensaje tan simple como "saludos desde Marruecos o Madrid o Dakar, o donde fuera que Varguitas se encontrase entonces". Así nomás, mensajes escuetos para hacerles saber que los recordaba y que estaba bien. Nada más durante años. Por eso fue que nadie supo adonde avisarle de la enfermedad del abuelo, el que murió sin poder perdonar al hijo tránsfuga, como lo nombró en su testamento al legarle las Obras Completas de Shakespeare en edición de lujo. Tampoco hubo manera de hacerle saber de la desaparición de la abuela, pocos meses después, a causa de un paro cardíaco mientras releía 62 Modelo para armar, libro que nunca terminó de entender del todo, a juzgar por una nota póstuma en la ficha que rezaba así: "Cortazar me parece, a veces, tan complicado como mi marido, que en paz descanse, a quien nunca acabé de comprender."

A la muerte de los abuelos, Ágata y su madre quedaron dueñas absolutas de la casa y de la biblioteca. La madre pasó a ocupar el lugar de la abuela y a reinar sobre el hogar, ocupándose con exageración del bienestar de ambas, lo que le dejó poco tiempo para dedicarse a los libros (no más de una vez a la semana y para desempolvarlos). Así que Ágata paso a adueñarse con gusto de la biblioteca y de todos sus volúmenes, incluidas las Obras Completas de Shakespeare, que su nuevo dueño, Varguitas, nunca había reclamado.

Un día, en el momento en que Ágata se está preparando para irse a la oficina (una compañía de seguros, adonde trabaja desde hace diez años), suena el timbre. Ágata se apresura a contestar, mientras se ajusta los aretes de oro que han sido de la abuela. Al abrir la puerta, se encuentra con un hombre bajo, medio regordete, sin afeitar y vestido de negro: polo de cuello ajustado, jeans sueltos y boina ladeada, al estilo Che Guevara. Y unos ojos increíblemente claros que se iluminan cuando le dirige la palabra.

- Aunque creo que no nos conocemos espero que me permitas darte un consejo. Sos demasiado linda y demasiado joven para vestirte así, tan formal. Ese traje sastre no te pasa para nada, no sólo es hortero, sino que es de vieja. Además deberías usar el verde esmeralda. Ropa suelta y del color de tus ojos.

Ágata queda desconcertada. Mira al hombre, sin saber muy bien que contestar, mientras se pregunta si se trata de un vendedor ambulante, o simplemente de uno de esos locos que abundan en la ciudad desde que han cerrado los manicomios. En ese momento se asoma su madre y, luego de un momento de desconcierto, se lanza a los brazos del desconocido.

- ¡Varguitas! ¿Cuándo llegaste?

Y así es como Ágata vuelve a encontrarse con su tío, a quién no ve desde que tenía dos años.

La llegada de Varguitas revoluciona la vida de las dos mujeres, acostumbradas desde hace años a la soledad compartida. Varguitas es desordenado, come cuando tiene hambre (es decir a deshora) y no observa ningún tipo de rutina. Por supuesto, no tiene trabajo ni piensa buscarlo. Además, luego de tantos años de ausencia, es mucho lo que parece tener para contarles así que no calla nunca. El silencio aquel que, plácidamente, envolvió durante tanto tiempo a las dos mujeres, desaparece en forma brusca. Ahora Varguitas lo llena atropelladamente con el relato de sus aventuras. Cada cosa que pasa en la casa la relaciona con algo que le ha ocurrido en algún lugar exótico del mundo. Y, día a día, Ágata y su madre se ven obligadas a escucharlo y, mientras lo hacen, van recuperando la historia del hombre.

Él parece buscar la oportunidad de encontrarse a solas con Ágata. Desde que comenzó el año, Ágata ha tomado la costumbre de encerrarse en la biblioteca al regreso del trabajo y, acomodada en el sillón de cuero del abuelo, lee en forma ordenada los autores clásicos del estante tercero de la pared izquierda. Y, a medida que lo hace, suele tomar apuntes en el reverso de las fichas de la abuela. Piensa que algún día, cuando los tenga (si es que los tiene), sus hijos sacarán provecho de sus estudios autodidactas. Y cuando más concentrada está, aparece él, Varguitas, sonrisa seductora y ojos de niño pícaro.

Al principio, a Ágata le chocaban las intromisiones de su tío, el que no acabara nunca con sus historias, (en las que no escatima detalle alguno, ni siquiera los francamente escabrosos o indecentes); pero, poco a poco, se ha ido acostumbrando. A veces, hasta disfruta cuando lo escucha.

- ¿Qué estás leyendo, sobrina? - le dice mientras le arranca el libro de las manos – Uhmm... El molino junto al Floss de George Eliot, que en realidad no era ningún caballero inglés sino una inglesita decimonónica, aburrida como todas sus contemporáneas, llamada nada menos que Mary Anne Evans. ¿Y por qué estás leyendo algo tan fuera de época?

No da tiempo a Ágata a contestar y lee un párrafo al azar: "Dentro de la casa, las mujeres con el pelo suelto y las manos en alto ofrecen las plegarias, vigilan el combate del mundo desde lejos, llenan sus días largos y vacíos con recuerdos y temores; en el exterior, los hombres se agitan en lucha feroz con las cosas divinas y humanas, apagan el recuerdo para no ver sino la fuerte luz del propósito, pierden el sentimiento del temor y aún de las heridas, en el precipitado ardor de la acción."

- ¡Dios mío! - murmura – Sí que está fuera de tiempo. Hoy en día son las mujeres quienes, sin temor, se agitan en esa lucha feroz con las cosas divinas y humanas...Algunas, por lo menos, y en algunos lugares más que en otros.

Y así, como quien no quiere la cosa, Varguitas ha encontrado el nexo, el punto de unión que lo lleva a relatar una de sus aventuras. Ágata lo sabe y se prepara a escuchar. Las palabras de su tío la trasladan hasta Filipinas, el trabajo esclavo de los niños, la guerrilla, las hijas adolescentes o niñas aún (o los adolescentes o niños) vendidas para el uso sexual de los turistas.

- Yo mismo me compré una esposa de quince años por treinta dólares. La chica estaba asustada al principio - reconoce Varguitas al ver la expresión de desaprobación de Ágata - pero después se dio cuenta que conmigo estaba mejor que en su casa; por lo menos comía todos los días. Se llamaba Anahí Tempestad. Bonito nombre, ¿verdad? Era bajita y delgada, casi una niña. Pero cuando se enojaba, la expresión sombría de sus ojos avisaban la llegada de un huracán. Anahí hacía honor a su apellido, si es que realmente Tempestad era su nombre. En ocasiones llegué a pensar que no se trataba más que de un apodo puesto por quienes hubieran sufrido una de sus furias, porque Anahí era toda una tormenta tropical.

Ágata se horroriza. ¿Qué mundo es éste en el que los padres venden a sus hijas? Apoltronada en el sillón del abuelo, y rodeada de los volúmenes conocidos, o por conocer, aquella historia le parece increíble. No puede evitar dejar de preguntarse qué clase de persona es su tío capaz de comprarse una esposa adolescente. Pero Varguitas le sonríe, ( Y Ágata tiene que reconocer que tiene una sonrisa seductora) mientras le dice que se tranquilice, es verdad que hicieron vida marital, pero así es en aquellas lejanas tierras, las chicas maduran antes.

- Además - agrega en tono de confidencia, mientras aparta los papeles y se sienta en el escritorio del abuelo - el hecho de que Anahí hubiera sido vendida por su familia no llegó a doblegarle el espíritu. Sabía hacer valer sus derechos y, como el aquí presente es un blandengue, puedo asegurarte que se salió con la suya muy a menudo.

- ¿Es por eso que te la recordó lo de la feroz lucha contra las cosas divinas y humanas? ¿Por qué te pudo? –pregunta Ágata, con una cierta ironía.

- Por eso y por lo que vino después. Su hermana, Rosario se llamaba, había tenido menos suerte que ella porque el viejo acabó vendiéndola a un burdel para que mandara dinero a la familia. Ni bien saberlo, Anahí se propuso ayudarla. Varias veces me tocó el tema, quería que comprara de vuelta a su hermana, pero yo no le paraba ni bola, porque no quería meterme en líos. ¿entendés? Esa gente que regentea los burdeles son toda una mafia...ella, sin embargo, no se desanimaba, seguía insistiendo, dale que dale, con que tenía que pagarles para que su hermana pudiera venirse con nosotros.

"Crétino", masculla Ágata, solidaria con Anahí, mientras Varguitas sabe que ha perdido puntos ante su sobrina y que debe inventarse algo para levantar su imagen. Ágata lo escucha disculparse diciendo que, además, él no se iba a quedar en Filipinas, algo lo impulsaba a seguir siempre adelante, no había querido más que ayudar a la chica, evitarle un destino peor, pero sin complicaciones, y dos muchachas filipinas...ya era mucho. Así que acabó por despedirse de Anahí, no sin antes dejar todo arreglado para que pudiera seguir viviendo en la casa que habían compartido y de comprarle una máquina de coser para que se mantuviese sin tener que regresar con sus padres. Ágata suspira. Pese a su cobardía, piensa, el corazón de su tío parece albergar buenos sentimientos, al menos no la dejó en la calle. Y al oír a su sobrina exhalar aire con alivio. Varguitas comprende que ha dado de pleno en la sensibilidad de la muchacha. Satisfecho, continúa su relato.

- Me fui, tenía que seguir mi camino y pensé que había compensado a Anahí por el tiempo pasado juntos. Le dejaba la casa y tendría con qué ganarse la vida. Y ella, ¿qué crees que hizo? Me despidió en la puerta con una sonrisa. Te voy a ser sincero que algo raro sospeché, demasiada tranquilidad para quién pocos días antes, en un ataque de furia, me había roto mi mejor camisa. Pero me dije que, bueno, que así debían ser las chicas allí y no le di mayor importancia hasta que estuve en el avión y abrí el bolso para controlar que tenía todo en orden. Así fue como descubrí que en la billetera, donde antes estaban mis ahorros, sólo había un papelito doblado escrito en talago. Tuve que pedirle a una de las azafatas que me lo tradujera. Decía algo más o menos así "Gracias, cerdo, por pagar por mi hermana. Ella también te lo agradece."
Ágata larga una carcajada.
- ¡Qué bien que te la hizo! - exclama – ¿Te enojaste mucho?
- ¡Qué va! - responde Varguitas – lo qué sí, tuve que ponerme las pilas y buscar trabajo ni bien llegué a mi destino.

Ágata piensa, y así se lo dice, que esa necesidad suya de estar siempre en movimiento, de no crear raíces le hace recordar a algo que leyó no hace mucho tiempo. Se para y busca, no ya en el tercer estante de la pared izquierda, sino en el primero de la derecha, allí donde se ubican los libros últimos adquiridos por ella misma.

- ¡Aquí está! Paul Bowles, ... La frase la tengo subrayada porque me llamó la atención, quizás inconscientemente pensaba en vos.

Ágata le sonríe y, luego, lee en voz alta siguiendo con el dedo las palabras, una a una, como si quisiera acariciarlas: "No se consideraba un turista, él era un viajero. Explica que la diferencia residía en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece mas a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra".

- Es tu retrato, tío – Agrega triunfal – como si te hubiera conocido.

- Sí... – asiente Varguitas, mientras le dedica una de esas sonrisas suyas tan especiales- es una frase inteligente. Yo soy, en verdad, un viajero. Por eso, de Filipinas seguí mi camino, buscando algo, no sé muy bien qué, pero así fue como llegué a París, a donde conocí a Madame Lulú des Chames Blondes y me convertí en su secretario.

-¡Qué nombre! - exclama Ágata intrigada - parece de dueña de burdel.

Pero no, resultó ser que Madame Lulú des Chames Blondes había sido nada menos que una condesa rusa, de tez translúcida y cabello gris azulado que, en tenues ondas, le caía hasta la cintura. Y que, a juzgar por la infinidad de arrugas que poblaban sus aristocráticas manos, triplicaba fácilmente la edad de Varguitas, según éste explica a Ágata.

- Una condesa de verdad. ¡Qué exótico, tío! Seguro que tenía mucho dinero y vivía en un palacete....- divaga Ágata.

- Sí y no –responde Varguitas – tener dinero no tenía, pero sí infinidad de joyas antiguas que guardaba en un joyero en su mesa de luz.

Y, mientras sus labios carnosos hacen un amague de sonrisa, de esas que sabe que le gustan a la muchacha porque ya ha notado que se sonroja al mirarlo, Varguitas piensa que no, que definitivamente no podría llamarse palacete al ático oscuro y húmedo de la rue Mouffetard, donde Madame Lulú habitaba.

Y, luego, le cuenta a Ágata de cómo lo salvo de dormir en la calle que una amiga lo llevara a casa de Madame Lulú y que ésta le ofreciera emplearlo como su secretario. A Varguitas aún le parece escuchar la voz afónica de la rusa cuando, meneando su índice de uñas largas y sucios, le había dicho:

- Mire joven, va a tener que ocuparse de poner en orden mis papeles de familia, contestar la correspondencia, pagar las cuentas y, además, preparar el té, limpiar la casa una vez a la semana, hacer la compra y dar de comer a mis felinos, (que felinos no que ocho cuartos, había pensado Varguitas, si no son otra que seis gatos callejeros y llenos de pulgas adoptados por una vieja loca).

Como nadie la visitaba la rusa había dejado de vestirse y de peinarse, por no mencionar que su aseo personal que era bastante lamentable, piensa Varguitas a quien lo inunda repentinamente el tufo característico de la vivienda de Madame Lulú, una mezcla de humedad con meada de gato y suciedad. Pero esa es una información confidencial que no piensa transmitir a su sobrina, encantada con la historia de la aristócrata rusa.

- ¿Por qué te fuiste? –pregunta Ágata, aunque ya imagina la respuesta.

- Porque ese no era mi destino – responde Varguitas - tenía que seguir mi camino. Pero antes de irme, y como descubrí que la buena señora andaba escasa de efectivo para pagarme el sueldo que habíamos acordado, me llevé uno de sus anillos. ¿Y sabés qué? Me pagaron tanto por él que pude vivir el resto del año sin trabajar.

- Pero tío ¿ladrón también?

- ¡Ay, sobrina! – le responde él con una lucecita juguetona en su mirada – son cosas de la vida...

La madre de Ágata se asoma entonces por la puerta para avisar que la comida está lista, pero Varguitas se disculpa diciendo que tiene que salir.

A la tarde siguiente Ágata pregunta a su madre por su tío, porque quiere mostrarle una camisola verde que se ha comprado a la salida del trabajo. Su madre le contesta en forma distraída, mientras bate las claras a nieve para el soufflé de espinacas que está preparando…

- ¿Varguitas? Avisó que salía.....¡Ah! Casi se me olvida, antes de irse me dijo algo raro... que buscaras entre los libros de Eduardo Mallea y que el mensaje estaba en color verde como tus ojos...¡Qué loco! ¿No? ¿Qué habrá querido decir?

Pero Ágata no responde porque ha salido disparada a la biblioteca, donde debe pararse en punta de pies para localizar en el quinto estante de la pared de la derecha los libros de Mallea. Los va sacando uno a uno, y recorre rápidamente sus páginas, para volverlos a poner luego en el lugar correspondiente. Hasta que, de repente, allí está, un frase subrayada con marcador verde y, a su lado en el margen, una anotación "yo sé que vos vas a entender ¿verdad?" Ágata se sienta en el sillón del abuelo y lee en voz alta la selección del texto de Mallea que Varguitas le ha marcado "Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo."

Y comprende que así se despiden los viajeros.



Publicado: enero 2012

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