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La mujer con discapacidad ante la violencia doméstica y sexual

Margarita Ruiz Peraza1

Las cuestiones relacionadas con el género se abordan copiosamente en la actualidad, teniendo este término una concepción más amplia que antes. Ya es aceptado en muchos círculos, así como por una considerable cantidad de Gobiernos que resulta imprescindible afrontar estos asuntos, discutirlos y buscarles solución a la mayor brevedad posible.

En este trabajo se refleja solamente una arista de este complejo problema: la referida a la violencia ejercida contra la mujer y, más específicamente, contra la mujer con discapacidad.

Ya en 1994, la Asamblea General de la ONU aprobó una Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. En su conciliación se tuvo en cuenta el peso considerable que tiene este flagelo en, prácticamente, todas las latitudes. La Declaración definió como violencia de género:

“Todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada"

En este contexto, por imperativos del desarrollo de la Humanidad, la manifestación más frecuente de la violencia de género es la que se ejerce contra la mujer, pues resultamos más vulnerables que los hombres.

Una de las manifestaciones más frecuentes de la violencia de género es la que se desarrolla en el ámbito doméstico, entendiéndose como tal, no sólo la agresión física directa o evidente, sino también todo acto, práctica u omisión que vulnere los derechos humanos que afectan la libertad, el desarrollo personal y todo aquello que permite que cualquier persona sea y se sienta respetada.

Los datos obtenidos de fuentes internacionales confiables son impactantes:

  • No menos del 60% de la población femenina a nivel mundial es o ha sido objeto de maltrato por sus parejas
  • En España, en el año 2000, se reportaron más de 600.000 casos de mujeres que habían sido víctimas de violencia domiciliaria
  • Estudios realizados por instituciones de la Unión Europea dieron como resultado que, como promedio, el 40 % de las mujeres de los países miembros eran afectadas por la violencia de género.
  • En los países del Tercer Mundo, se calcula que más del 50 % de las mujeres son golpeadas por personas que conviven con ellas.

Es muy interesante el mecanismo psicológico que suele construirse entre la víctima y su agresor, mediante el cual la primera protege al segundo, como una especie de escudo para resguardar su propia integridad psicológica y recuperar la homeostasis fisiológica y conductual. Lleva el nombre de Síndrome de Estocolmo, debido a un hecho ocurrido en esta ciudad, dónde los rehenes de un grupo de asaltantes a un banco, al ser liberados, se convirtieron en defensores de quienes los habían convertidos en sus prisioneros y puesto sus vidas en peligro.

Ésta es la causa principal de que muchos de estos actos queden impunes: en ocasiones, otros familiares de la víctima o miembros de su comunidad logran que el agresor sea apresado y la víctima se rehusa a declarar en su contra o, incluso, consigue retirar la denuncia.

En nuestro país, no conocemos que se hayan llevado a cabo muchos estudios sobre estos temas. En una encuesta efectuada en el municipio Habana Vieja se detectó que el 100 % de los entrevistados reconoció la existencia de la violencia doméstica y sexual y que el 50 % de ellos percibía estos hechos como inevitables y normales; por otro lado, casi el 90 % declaró haber sido víctima o agresor, al menos una vez, en hechos de violencia con sus parejas. Como detonantes principales, un 34 % identificó al alcoholismo y a las drogas. Se constató también que predominaba la violencia psicológica o emocional.

La discapacidad hace a la mujer aun más vulnerable, calculándose que, a escala mundial, hay cerca de 300 millones de mujeres con discapacidad y que éstas tienen 2 - 5 veces más posibilidades de ser víctimas de estas acciones que las que no portan discapacidades.

Así, en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, aprobada en la ONU y firmada y ratificada ya por una gran cantidad de Estados, se señala: “…las mujeres y las niñas con discapacidad suelen estar expuestas a un riesgo mayor, dentro y fuera del hogar, de violencia, lesiones o abuso, abandono o trato negligente…"

Es indiscutible que el riesgo aumenta en la medida que sea más severa la discapacidad, que existan mayores problemas de aprendizaje y sean más violentas las barreras en la comunicación.

La Asociación Nacional de Ciegos de Cuba encuestó al 42 % de sus asociadas y detectó que todas coincidían en que la violencia, de uno u otro tipo, afectaba sensiblemente su incorporación a la sociedad.

Refiriéndonos ya a la violencia sexual en específico, se puede definir como todo acto de imposición hacia una persona con el objeto de que lleve a cabo una determinada conducta sexual. Tiene manifestaciones más sutiles (que no son identificados ni por la propia mujer como violencia), pero no menos denigrantes, como por ejemplo, el manifestar desagrado después de realizado el acto sexual.

Debido, posiblemente, al hecho de que se manifiesta en un campo considerado por muchos tabú, la denuncia resulta aun más difícil.

A pesar de que es común que las mujeres con discapacidad tengan una autoestima más baja y encuentren serias dificultades en que se les reconozca el derecho a su propia sexualidad, en ellas, por lo general, se cumplen las dos condiciones necesarias para que se produzca abuso sexual. A saber:

  • Una situación familiar con déficit de autonomía y una significativa dependencia de otros miembros de la familia.
  • Ambos, victimarios y víctimas, suponen que el primero es quien debe decidir sobre lo que suceda.

Además, entre las mujeres con discapacidad, se observa unos niveles mayores de desempleo, salarios inferiores, menor acceso a los servicios de salud, mayores carencias educativas y un escaso o nulo acceso a programas y servicios dirigidos a mujeres.

Dadas todas las condicionantes antes señaladas, en diferentes análisis realizados en países desarrollados se han obtenido resultados muy preocupantes. Por ejemplo, que la tercera parte de las mujeres con discapacidad física han sufrido abuso sexual en alguna etapa de su vida, que el 12 % de las mujeres con diferentes tipos de discapacidad han sido violadas, mientras que el 83 % ha sido víctima de alguna de las variantes del asalto sexual. Otro estudio mostró que entre las mujeres con discapacidad intelectual es cuatro veces mayor la incidencia del asalto sexual.

Según una información dada a la publicidad por el Parlamento Europeo, la mujer con discapacidad tiene un riesgo cuatro veces mayor que el resto de las mujeres de sufrir violencia sexual. También se señala que el 68% de ellas vive en instituciones y sufren la violencia de personas de su entorno, ya sea personal sanitario, de servicio o cuidadores.

En las mujeres con discapacidad, debido a que su universo suele ser más reducido que en el resto de las féminas, es más difícil la solución del problema porque generalmente quienes cometen este abuso son personas cercanas (parejas, familiares, cuidadores, etc.), encontrándose trabajos en los que este indicador alcanza hasta un 85 %.

Lógicamente, en estos casos, el Síndrome de Estocolmo se manifiesta en toda su intensidad, por temor a que se repitan los hechos, a represalias, al abandono, a no ser creídas por otras personas, etc.

La forma en que la mujer con discapacidad es percibida por la sociedad tiene fuertes componentes culturales y religiosos y hay áreas en las que cualquier abuso sexual ejercido contra una mujer con discapacidad, en la mente de un violador, no es considerado con la categoría de delito.

La zona en la que esta situación tiene matices más tétricos es, posiblemente, el Oriente Medio. Allí, no es raro que al nacer una niña con discapacidad, sus padres la eliminen; ya adulta, la mujer con discapacidad carece de los pocos derechos de que disfrutan las que no sufren discapacidad (incluido el derecho a tener relaciones sexuales y a tener hijos).

Es a menudo victima fácil de violaciones, siendo ella después asesinada por su propia familia y quedando indemne el violador. No existe ningún plan en marcha, por lo que la situación actual de estas mujeres es de total desamparo.

La cotidianidad de que una mujer con discapacidad sea víctima de violencia sexual, minimiza y justifica este hecho también en los países “civilizados". Quizás por ello es que una investigación mostró que, aunque en un 95.6% de los casos se identificó al autor, fueron acusados sólo el 22.2%.

Esta situación, de la que no parece escapar, en mayor o menor medida, ningún rincón del mundo ¿cómo puede ser enfrentada por las organizaciones sociales, comunitarias y religiosas? No existe una fórmula única y mágica, pero se requiere, al menos, detectar los síntomas del trauma y realizar un diagnóstico adecuado. Después resulta imprescindible reafirmar los derechos de la mujer con discapacidad a la privacidad, la independencia, y la confidencialidad, contactarla con los recursos comunales existentes y luchar por apoyar sus derechos con sistemas médicos y judiciales adecuados.

En el orden personal, hay varios aspectos básicos que las mujeres con discapacidad tenemos que luchar por garantizar:

  • Recibir educación y elevar nuestro nivel de escolaridad
  • Ser independientes
  • Elevar nuestra autoestima
  • No admitir que se ejerza sobre nosotras ningún tipo de violencia
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1 Presidenta de Esclerosis Múltiple Cuba.



Publicado: septiembre 2014

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