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El tiempo en las venas

Diana García

No pudieron las ínfulas detenerlo. Lo que estaba escrito se desarrolló a pesar nuestro.

Aunque lo hubiéramos sabido desde el principio y, para prevenirnos, intentáramos liberar las muñecas de su tiranía, separando pieza por pieza los engranajes que controlan los minutos, de nada habría servido. Hubiera sido en vano. Su silente presencia nos invadiría igualmente poco a poco. No estaba fuera, sino dentro; lo comprendimos cuando ya era tarde. Estaba allí grabado en nuestros genes desde el comienzo mismo de nuestra existencia.

En un principio nos pasó inadvertido, parecía que teníamos total libertad, que él sólo estaba allí para contener y ordenar nuestros actos. Se mostraba engañosamente lento en las interminables siestas de la niñez. A veces, exasperantemente lento cuando hacíamos los deberes controlando a través del ventanal la lluvia que nos separaba de nuestro ansiado paseo.

Fuimos llenando las horas, construyendo lo que creíamos que sería nuestro futuro. Cuanto más lo complacimos, más tirano se volvió. Hacia la mitad de la vida se aceleró incomprensiblemente dejándonos exhaustos. Tuvimos, sin embargo, nuestros plazos de placer, disfrutamos de la brisa y los brotes de la tierra, del aroma del pan recién cocido, de la plenitud del cuerpo en el encuentro, del redescubrimiento del mundo a través de otros ojos infantiles.

Pero cumpliendo la profecía de Agamenón, nos llegó la vejez en su casa, comprendimos que mañana es siempre hoy. Trabajando para el futuro, casi sin darnos cuenta, habíamos ido construyendo nuestro pasado.

Aquello que estaba “por venir” se fue quedando corto. El tiempo pasó a colarse en nuestro interior, se deslizó por las venas, curvo las espaldas, dificultó el paso, ajó la piel y herrumbró muchos sueños. Conservamos otros con dificultad porque eran lo único que nos permitía reconocernos.

Si alguno pensó que podía evitarlo corriendo más rápido, ni siquiera así consiguió engañarlo, a la vuelta de la esquina lo encontró pacientemente esperando. Él es imperturbable, se tiene a sí mismo para toda la eternidad, no comprende lo efímero de nuestras ansias.

Sólo al final podremos abandonarlo, dejará de azuzarnos, cuando ya no importe. Incluso cuando nos sintamos casi amigos.



Publicado: mayo 2012

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